Llamada a la tristeza.

Cuando el teléfono sonó en el viejo cuarto de la pensión en donde se alojaba, supo perfectamente quién se encontraba en el otro lado de la línea. Pocas personas tenían su número en aquella ciudad, y ninguno de ellos lo llamaría a esas horas si no fuese para algo realmente importante. Así que cuando descolgó el teléfono, ya sabía que su amigo Carlo había muerto. El cáncer lo había vencido y el no podía hacer nada, nadie podía hacer nada por el. Sin embargo eso no impedía que se sintiese culpable, que sintiese como una profunda tristeza lo invadía por ver como otra cosa importante se perdía en su vida.

Encendió la pequeña lampara que estaba al lado del teléfono y mientras dejaba que sonase una vez más;tan solo una vez más, como si eso pudiese aletargar la tristeza, saco el último cigarrillo de una sucia y solitaria cajetilla de Malboro que estaba encima de la mesa y con sumo cuidado, casi como si fuese lo último que le impidiese perder el control, le prendió fuego.

Justo antes de descolgar el teléfono supo que nada iba a ir bien a partir de entonces. Creyó en ello como uno puede creer en su equipo de fútbol, en Jesucristo o en las palabras de una bella mujer. Las cosas empeorarían por momentos y dentro de el se acumulaba esa extraña sensación que mezcla el miedo,el dolor y la desesperanza.Una sensación que por experiencia, sabía que podría llegar a tumbar a un hombre. Sólo que esta vez, las drogas no funcionarían y el alcohol tan sólo suponía una ayuda para retrasar el dolor. La muerte de su padre, el recuerdo del sujetador vació de Maria encima de la cama durante esa misma semana y ahora esa llamada. Parecían ensombrecer el ambiente de la pequeña habitación sin ventanas en la que se alojaba, haciendolo casi irrespirable. Tras coger aire con un último esfuerzo, logro descolgar el teléfono al tiempo que inhalaba una última calada de nicotina hacía el interior de sus ya cansados pulmones.

<<David….,soy Nerea. Carlo ha muerto hace un par de horas>>

Tan solo pudo recordar esas palabras; aunque quizás hubo alguna triste despedida antes de colgar el teléfono, estaba seguro de que tenia que haberla escuchado.Aunque ya no pudiese recordarla. Supongo que no hacen falta demasiadas palabras para hablar de la muerte, en realidad es simple e inevitable.Pero otra cosa es el dolor de los que se quedan y eso iba a ser complicado. Lo supo inmediatamente y como si un rayo atravesase su alma rezo con todas sus fuerzas, aunque no fuese creyente. Aunque nadie pudiese escucharlo por muy alto que lo hiciese, simplemente rezó. Rezó porque terminase aquella mala racha., Rezo por su amigo muerto, por el triste sujetador vacío reposando en aquella pequeña habitación de un motel de Los Ángeles, pero sobretodo rezo porque le aguantasen las fuerzas. Por poder levantarse un día más aunque no supiese le motivo.

Realmente hacía tiempo que no sabía muy bien para que se levantaba de la cama, sin embargo continuaba haciendolo día tras día arrastrado por una extraña inercia que le impedía huir de la desgracia diaria que para el suponía el simple contacto de sus viejos zapatos con el suelo. Sabía perfectamente sin la necesidad de salir que ahí fuera; en la ciudad, la vida era tan triste como en el pequeño cuarto en el que se encontraba. La gente perdía sus trabajos, sus casas, sus vidas y sin embargo eso no lo consolaba. Podía sentir lástima de si mismo, pero no de los demás. El resto parecían dispuestos a vivir, pero el ya no se encontraba seguro. En realidad no era la muerte de su amigo, ni la de su padre lo que lo arrastraba a esa sutil decadencia, tampoco era el amor. No era nada de eso y al mismo tiempo lo era todo.

Por un momento, pensó en sentarse delante de la máquina de escribir, para intentar volcar toda aquella tristeza en un papel en blanco. Como se suponía que hacían los escritores de verdad, esos a los que solo conocía a través de las hojas de sus libros y que sin embargo eran las únicas personas a las que respetaba y sentía cercanas ahora, en aquella soledad. Como si el dolor encerrado en aquellas tapas esparcidas ahora por el suelo de aquel cuarto, entre restos de alcohol barato, sudor y semen fuesen lo más cercano a la realidad que poseía en esta vida. Pensó en intentar escribir sobre su dolor, sobre la vacuidad de su vida y su sin sentido. Incluso llego a imaginarse un triste poema sobre la soledad, sobre su dolor y su tristeza y sin duda era lo mejor que había imaginado en su vida. Pero sabía que no sería capaz de activar las teclas necesarias al llegar al papel, no era más que otro joven escritor sin la suficiente miseria; sin vida suficiente, como para escribir sobre el dolor de la misma y esa era precisamente su trágedia. Demasiado triste para lo común y demasiado común para la grandeza literaria. Un repudiado más en la generación de la decadencia humana. Una decadencia tan física como espiritual que los llevaba a temer a la soledad como sus padres habían temido anteriormente a la bomba atómica.

Tras tambalearse durante unos segundos, fruto de la confusión y los primeros tragos de la tarde, camino un rato por la habitación hasta sentarse en el escritorio. Pero no delante de la máquina de escribir, hacia tiempo que no se sentaba delante de ella y no es que fuese uno de esos que se pasan los días en los bares perdiendo el tiempo. En realidad ya no sabía cuando fue la última vez que había entrado en un bar. Sin embargo la habitación estaba llena de botella vacías y restos de comida rápida comprada en alguna de esas tiendas regentadas por obreros chinos que dedican su vida al trabajo. Sentía autentica envidia y odio por aquellos malditos asiáticos esclavizados sin apenas el suficiente tiempo como par percatarse del dolor de la vida. El no era un borracho social, solo los que no están lo suficientemente tristes son bebedores sociales. El resto se conforma con una botella y un cuarto en donde refugiarse mientras espera a que la bomba atómica aterrice de una vez sobre todos nosotros.

Intentó recordar la última conversación con Carlo, mientras llenaba una sucia taza; rescata de alguna parte del suelo, de vodka. Recordó sin duda que había sido sobre mujeres, todas las conversaciones entre ellos dos terminaban siempre siendo sobre mujeres. Era indiferente que comenzasen hablando del combate de la noche anterior o de la racha de victorias de los Giants. Antes de que alguno de los dos se decidiese a irse, la conversación se había desviado sin lugar a dudas al tema de las mujeres.

A Carlo se le daba bien hablar de mujeres. Nunca había tenido una pareja seria, pero probablemente en los últimos años se hubiese acostado con más mujeres que el resto de su amigos juntos. Quizás ese fuese precisamente el atajo para no tener problemas con ellas. Era todo lo contrario que el. A el le gustaba el sexo como a cualquier hombre o probablemente más aún si eso era posible. El problema era que siempre solía encariñarse de las mujeres menos adecuadas. Si una mujer despechada o simplemente con ganas de lastimar a alguien se encontraba a menos de unas manzanas de distancia.Sin duda antes de que el último bar cerrase ,terminaría compartiendo su cama y tarde o temprano eso terminaría destrozandole el corazón. No podía negar que lo hubiese pasado bien entre decepción y decepción, pero eran ya pocos los sitios de su viejo corazón en los que las mujeres podían dejarle de nuevo una cicatriz de la que recuperarse.

En esa última conversación Dave y Carlo habían discutido sobre la última decepción de Dave con una mujer. Se llamaba Maria. Maria era una chica guapa, de esas con las que cualquier hombre en su sano juicio se giraría por la calle al verla pasar. Tan solo los verdaderos imbéciles dejarían a sus ojos mirar a otro lado si ella se interponía en su camino. Además de eso ;era una chica simpática, incluso cariñosa. Pero desde un principio Dave tenía claro que las cosas no iban a salir bien.Como una extraña sensación que recorría su cuerpo cada vez que se encontraba con una chica así, y sin duda en su vida habían sido muchas. Pese a todo Dave lo había intentado y ahora menos de un mes después y tras la muerte de su padre se encontraba totalmente destrozado sin poder saber muy bien el motivo, aunque sin duda la perdida de su padre y de Maria tenían mucho que ver en sus continuas borracheras. Desde hace unos meses había estado bebiendo mucho durante todas las noches, al principio se lo planteo como una necesidad después de que su padre cayese enfermo, como algo intrínseco al dolor.Pero tras su muerte y pese a tener a Maria en su vida, sus borracheras no se habían interrumpido y eso ayudo a que la perdiese a ella también. Tras eso, sus borracheras no hacían nada más que empeorar y si no fuese por la cocaína que compraba a alguno de esos negros en la calle, no hubiese podido ni mantener su trabajo. No es que aquel miserable trabajo de reponedor en un almacén le preocupase demasiado.Pero sabía que si perdía una cosa más en su vida, por pequeña que esta fuese no podría soportarlo más. No podría soportar afrontar ni un solo día más en aquella maldita ciudad con aquella maldita vida que llevaba.

Carlo había estado hablando durante horas con Dave de las mujeres, de Maria de que uno debe apartarse pero nunca rendirse.En realidad no creía que Maria tuviese nada que ver, no había llegado a amarla realmente. Pero también sabía que en su vida, el amor podía llegar a doler incluso cuando no llegaba a existir.

Ahora Dave, mientras vaciaba la botella de vodka mirando a una sucia pared, recordaba esas palabras y no podía para de pensar en que pocas semanas antes de morir.Su amigo,había perdido su tiempo dandole consejos sobre el amor. Dandole consejos sobre como uno debe de intentar ser feliz antes de poder plantearse hacer feliz a otra persona. Esas palabras se grabaron en su cabeza mientras las últimas lagrimas que derramaba por el se secaban en su rostro.

Sin apenas pensarlo demasiado, tiro la botella de vodka contra la pared y viendo como el líquido y los cristales se derramaban por el suelo como lo hacían los últimos restos de su vida y la tristeza de aquella solitaria ciudad.Comenzó a guardar sus escasas pertenencias en una vieja maleta de cartón que guardaba desde hace algún tiempo, caso como esperando el momento adecuado, encima del armario. Un par de prendas y unos libros eran todo lo que le ataban a esa triste ciudad a aquel triste trabajo como reponedor en un almacén y aquella oscura habitación en la que se había refugiado durante los últimos años.

Hoy no acudiría a su trabajo, hoy no iba a seguir viviendo aquella triste vida. Después de todo el aún tenía un piernas con las que huir y pese al poco talento que tuviese en sus dedos también poseía unos con los que poder escribir su huida, que demonios incluso tenía una firme polla con la que masturbarse o salir a buscar a otra mujer. Después de todo, tal y como dijo su amigo no existe otra opción que nadar contra corriente para intentar ser feliz y en este frío río nunca sabes cuando te vas a poder volver a encontrar.

A un buen amigo que incluso con su muerte ha querido dejarme

un mensaje de lucha.Pase lo que pase, siempre en mi recuerdo. DEP 

 

 

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